Aviso: No apto para egolátras.

Voy a generalizar, que me perdonen las excepciones.

Nos pasamos buena parte de nuestro tiempo buscando algo del otro. A veces atención, a veces cariño y otras veces mera aprobación. Y en parte esto es completamente normal, pues nuestras historias de aprendizaje nos llevan a buscar ese reforzador social. A veces incluso obviando que nosotros somos o deberíamos ser nuestra principal fuente de reforzamiento. No obstante, debo reconocer que el tema de autoreforzamiento no es tan fácil como pueda parecer, y la mayoría de las veces anteponemos el reforzador social a un refuerzo digamos más intrínseco. O en cristiano, para que todos me entendáis, nos movemos más por las respuestas que nuestras acciones provocan en el otro que por lo que esas acciones puedan despertar en mí.

Y sigo. A veces no tenemos bastante con buscarlo, que somos tan cretinos que nos creemos con derecho a exigirlo. Exigimos atención, cariño, lealtad, comprensión, etc. Y cuando nos faltan esos reforzadores vivimos la situación como una tremenda injusticia. Esto provoca que en un principio el comportamiento que se venía llevando a cabo aumente tanto en su frecuencia como en su intensidad y varíe en la forma, es lo que se conoce como efecto rebote. También va a provocar reacciones emocionales como tristeza, ira, ansiedad, llantos, etc. Otra cosa que suele aparecer en un intento de entender por qué no le dan ese reforzador, son ciertos pensamientos o atribuciones causales (muchas veces erróneas). Y si esa ausencia de reforzamiento se prolonga en el tiempo puede llevar a la extinción de esa conducta.

¿Pero es realmente injusta la situación? Pues eso depende.

Si lo analizamos desde el punto de vista de la persona afectada, sí lo es. Porque a él/ella le han enseñado desde muy pequeño que si hace “x” cosa será recompensada y si no las hace será castigada. ¿Y entonces qué pasa? Pues que en la vida real las cosas no siempre son así de fáciles y uno más uno no siempre suman dos. De ahí que la persona viva la situación como algo incongruente e injusta, e incluso a veces como un castigo.

Si lo analizamos desde el punto de vista de la otra persona, entra un poco en juego el tema de los valores de cada uno. ¿Pero realmente somos “libres” de elegir a quién le damos esos reforzamientos y a quién no? ¿Somos libres o creemos serlo? Pues tengo que deciros, aún a riesgo de decepcionar a muchos, que el libre albedrío no existe. Todo, absolutamente todo viene modulado por nuestras historias de aprendizaje y nuestras experiencias con el mundo. La libertad es sólo una idea ilusoria, realmente no podemos elegir sin todas estas influencias. Si te interesa profundizar más en este tema te recomiendo leer el libro “Más allá de la libertad y la dignidad” de B.F. Skinner.

Aún teniendo en cuenta todo lo anterior, creo que debemos tener cuidado con lo que reforzamos y con lo que castigamos. Muchas veces lo hacemos de un modo tan automático que no nos paramos ni a pensar en cómo mis conductas o lo que digo puede afectar a otros. De ahí que se hable mucho de empatía o responsabilidad afectiva. Creo sinceramente que es importante tener un mínimo de ambas para construir relaciones sanas con los demás. No se trata de dejar de ser tú mismo, o de renunciar a tus principios, pero seamos un poco humanos, que las personas no somos robots.

Parece un asunto banal, pero no lo es en absoluto y está en la base muchos problemas interpersonales, de pareja, o inclusive está presente en la dinámica del maltrato psicológico.

Por ejemplo, si yo soy una persona a la que le cuesta muchísimo hablar de cómo se siente o de mis sentimientos hacia otros. Y digamos que encuentro a alguien con el que me siento lo suficientemente a gusto como para abrirme. Me quito esa coraza que a veces tanto pesa, y dejo ver al otro mis debilidades, mis sentimientos, mis inseguridades, mis miedos, etc. Pero ahora resulta que ese otro no pone en valor ese gesto que para mí es muy importante, y me ignora, o le presta atención o me clava un visto (con esto de las redes sociales). En definitiva, no me da ese feedback que yo espero. ¿Qué pasa entonces? Pues pueden pasar muchas cosas. Que corte la relación porque ya no me es reforzante o que extinga mi comportamiento, es decir, ya no me abriré más con esa persona ni le contaré cómo me siento. Porque cuando lo hice fui “castigada”. También puede pasar que esa persona busque ese reforzamiento en otras que sí se lo den. Otra cosa que puede pasar, sobre todo en aquellas personas en las que este tipo de interacciones se repiten con frecuencia en su historia de aprendizaje, es que desarrolle problemas de autoestima, autoimagen, y en casos más graves lo que se conoce como depresión (que no es más que la ausencia de reforzamiento).

¿Quiere decir esto que la culpa de mi depresión es de los demás? NO, en absoluto. Cada uno es dueño de sí mismo, pero todo influye y confluye.

He intentado explicarlo lo mejor que he podido, espero que se me entienda.

6aa4e0f8dd

2 comentarios en “

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s