Lejos del mundanal ruido

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Fotógrafo. Saul Leiter.

Parecía que el tiempo se hubiese detenido en aquel instante. Ella estaba al otro lado del sofá tumbada, mientras los primeros rayos de sol se colaban por la ventana dibujándose sobre su piel. Su mirada era serena, apacible. Quizás por la cantidad de medicamentos que le habían metido en vena hace un rato, pero en ese momento sabía que la tormenta había pasado y un inmenso mar azul se expandía tranquilo por todo el horizonte. No habían sido unos meses fáciles, su padre había muerto de un infarto fulminante, a su madre le habían diagnosticado esquizofrenia y su novio la había dejado. Había intentado suicidarse y por eso estaba allí internada, diagnóstico: depresión mayor.

Ya no le importaba lo que pensasen de ella fuera, antes le preocupaba que la gente pensase que estaba loca, pero ya le daba igual. Si ahora no lo estaba, probablemente acabaría igual que su madre algún día, es lo que tiene una mala herencia genética y el ambiente desestructurado e inhóspito en el que había crecido y forjado quien era ella ahora.

«La gente se apresura a juzgar a los locos, sólo se fijan en sus actos, incoherentes para ellos, y se olvidan de todo lo demás. Pero la locura tiene su razón de ser. Es un punto de fuga, un escape rápido a una situación aversiva. Puedes no entender un delirio pero eso no quiere decir sea incoherente, probablemente sea incoherente con tu realidad, pero esté cargado de significado en la realidad de la persona que alucina».

Estaba pensando en ello cuando entró en la habitación Angélica, una de sus enfermeras favoritas, que traía un libro en sus manos.

– Ten, es para ti. ¿Me dijiste que te gustaba leer, no? -le dijo Angélica mientras le entregaba el libro.

– Oh, muchas gracias Angélica. De verdad, gracias.

– De nada, cielo. Espero haberlo elegido bien.

– No te preocupes, me gustará.

El libro era “En el camino” de Jack Kerouac. En cuanto Angélica abandonó la estancia, se apresuró a abrir el libro y leer la primera página.

Conocí a Dean poco después de que mi mujer y yo nos separásemos. Acababa de pasar una grave enfermedad de la que no me molestaré en hablar, exceptuando que tenía algo que ver con la casi insoportable separación y con mi sensación de que todo había muerto. Con la aparición de Dean Moriarty empezó la parte de mi vida que podría llamarse mi vida en la carretera (…)

«¿Por qué no repartirán libros en los psiquiátricos? Son curativos» pensó, y siguió con la lectura.

6 comentarios en “Lejos del mundanal ruido

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